sábado, 22 de octubre de 2016

A Simion Craucin. Pintor Rumano, que murió en Compostela.





En las noches más largas

la guardia de hierro llama a la puerta

de los que tienen alma de poeta.


Desde Bucarest hasta la antigua Tomis,

solo hay un trecho de 200 kilometros

un paseo para el artista,

que plasma los paisajes de la Dobruya

hasta llegar a los lugares del exiliado Ovidio,

cuya única culpa fué amar.




Flaneur singular,

observando y fijando en las telas

los árboles resecos entre la mullida nieve

y los herméticos edificios de vivos interiores,

El fin de la ciudad, donde los ocres, los grises,

y los blancos azulados

le empujan , como un fugitivo del frío.



Del invierno, a la primavera de una casa solitaria

rodeada de los bosques protectores.

Donde la flor del  cerezo

perfecciona su color

a través del filtro personal de la mirada del artista.



Los muros grises son las aduanas

de las fronteras  entre lo humano y lo divino,

la búsqueda del viaje.



Arropado por las cascadas vegetales del camino,

verdes esmeralda, flores malvas,

sigue caminando hacia las aguas.

Un árbol solitario frente al mar negro, espera:

El pintor de mirada soñadora, que tiene alma de poeta,

ve a Ovidio enraizado en Constanza, la antigua Tomis.



Podía ser el fin del viaje, un lugar para quedarse. No lo fué.

Inquieto, llegó a Compostela, donde un violín en el Proscenio

del gran teatro

interpretaba sueños de una sinfonía de Enescu .

Un remanso en un prolongado viaje.



Una larga escalera, Scara dicen allí lejos,

no tiene fin, la subió en un día amarillo y se escondió

 en lo alto,

desde allí el artista nos vigila, y nos protege.


Lanza un mensaje como un dardo a su amada,

diariamente,

como solo  Ovidio lo hubiera cantado,

en dístico elegíaco de Amor.



En la noches más largas,
 
la guardia de hierro llama a la puerta

de los que tienen alma de poeta.











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